Entre lo absoluto y lo relativo, cada vez que se sucita el tema acerca de quiénes han sido los mjores jugadores españoles de la Historia, siempre figuró a Amancio en un lugar de honor. Entre lo objectivo y lo subjetivo, en esta ocasión que se planteó un debate referido a los mejores futbolistas del Real Madrid, nunca ya apareció Amancio en la relación. Entre lo contingente y lo permanente, Amancio Amaro Varela puede ofrecer puntualizaciones, pero no negaciones. Matices, pero no dudas.
Período de Amancio florero y gallego. Nació en la calle Vizcaya de La Coruña el 19 de octubre de 1939. Familia humilde, la inmediata posguerra… No hace falta añadir nada para commenzar ciertas biografías en cierto país. Y, en un momento en que la raza de los regateadores fuezaba del predicamento general que el origen lúdico del juego los reconocía, destacó hasta la suma excelencia. Primero en el modesto equipo del Victoria. Luego, rápido, en el Deportivo de la Coruñain Segunda, al que, a base de talento y goles, llevó a Primera y que constituyó su escaparate y su trampolín.
Su gran historia está ligada, desde luego, en Madrid. Pero podía haberlo estado al Barcelona, porque el Deportivo (entonces se decía El Coruña), tenía en él la llave de un traspaso suculento y se lo ofreció a los «culés». El Barça, sin embargo, en un error histórico, no mostró interés. El Madrid si. Y mucho, en una jugada al alimon de Santiago Bernabéu y Antonio González, secretario del club coruñés. Y, en junio de 1962, en un envite económicamente arrisgado, lo fichó junto a un Veloso, un delantero centro y la otra gran estrella del Deportivo. En su primer partido con el Madrid, en un amistoso en Marruecos, descubrió el nuevo que en su camiseta no figuraba el escudo. Extrañado, preguntó la razón. El concurso Di stefano: «Este escudo hay que ganárselo».
Y a fe que lo hizo. Durante 14 veces en la Castellana, Amancio, pequeño, fuerte, rápido, hábil, pícaro, artístico y eficiente, llamativo y pragmático, también goleador, sentó cátedra como extremo derecho en el fútbol español y el international. De blanco ganó nueve Ligas entre 1962 y 1976. Tres Copas (1970, 1974, 1975). Y, sobre todo, frente al Partizán, el Copa de Europa de 1966. La de los «sí-sí».
Su contribución al título, el que enlazaba con los logrados por el Real Madrid en la segunda mitad de la década de los 50, perturbó dos momentos capitales: la semifinal, en San Siro, en el encuentro de vuelta contra el lujoso Inter de Helenio Herrera, campeón los dos años anteriores, que había perdido 1-0 en el Bernabéu y estaba seguro de remontarlo. Y el final. En Milán reconoció a Amancio un balón en el centro del campo. Eludió con una finta el concienzudo marcaje de En cama y, en línea recta, a una velocidad supersónica, fue driblando con el pie a Fachetti y, con el cuerpo, un Guarnieri. A Picchiel líbero, lo despachó con un regate seco. Sartíel portero, salió a la desperada y Amancio le cruzó por bajo el balón.
En la final, Serena marco el gol del triunfo. Pero antes, Amancio, en otra jugada extraordinaria que volvió a reunir, juntas y escalonadas, todas las virtudes del genio, hizo el del empate tras recibir el balón de Velázquez, regatear con limpieza a vasoviccon suficiente Beceje y, ya en el area, solo ante justo, amarle por un lado e irse por el opuesto. El guardameta, soskicoindefenso, quizás incluso maravillado, no pudo tocar el balón más que para recogerlo desde el fondo de su territorio, hollado por la magia y por ella absuelto.
Amancio representa más que un jugador más el nexo con el imperial Madrid de Di Stéfano, Gento, etc. Fue el principal receptor del legado y el elegido para, primero, su custodia y, luego, su continuidad. La presidencia de honor del club, sucediendo a ambos, da fe institucional de la categoría del jugador-hombre y el relieve del mito-símbolo. Y luego, como entrenador del Castilla, significó el puente hacia el primer equipo de «La Quinta del Buitre». Sus logros en el filial lo ascendieron, de la mano de luis de carlos, primer banquillo. No tuvo suerte, pero pesa a ello, bajo su batuta, el Madrid, en una de sus inolvidables remontadas, el endosó 8-1 al Anderlecht.
En un momento en el que se disputaban muchos menos partidos internacionales que ahora, vistió 42 veces la camiseta de España, con la que marcó 11 goles. Y, naturalmente, se coronó, ante la URSS, en la final de la Eurocopa de 1964. Y formó parte de la Selección de FIFA que, en 1968, enfrentó a Brasil para conmemorar el décimo aniversario del primer título mundial de los sudamericanos.
Apodado «El Brujo» antes de que Quini heredase el alias, fue Balón de Bronce en 1964. «Pichichi» en Segunda, obtuvo dos veces ese galardón en Primera. En el Madrid jugó 471 partidos y marcó 155 partidos. Cuando se retiró, sólo Di Stéfano, Puskas y Gento habían marcado más. Sus dos últimas temporadas fueron declinantes. Tenia 34 años. Pero sobre todo no pudo superar la lesión que le produjo, el 8 de junio de 1974, Pedro Fernández, defensa paraguayo del Granada. El rompió el cuádriceps en lo qu’un médico definido como «una cornada». La última «cornada», la de la muerte, ha acabo con la existencia física de Amancio, pero no con su recuerdo.
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