Un sueño loco para evadirse del balotaje

Un sueño loco para evadirse del balotaje

Lo conoce desde hace 40 años. Han crecido juntos y si existen secretos entre ambos forzosamente deben ser pocos o muy profundos. Nada de él lo sorprende: siempre ha sido un soñador, alguien que se aferra a proyectos que prometen una Ferrari, una mansión con pileta, dinero a montones para derramar como miel entre sus seres queridos. Nunca concretó ninguno porque todos eran carambolas improbables. Pero él no se rinde y ahora, ya veterano, a un paso de la jubilación, se aferra a una nueva fantasía que lo aleja de las preocupaciones del balotaje, de Massa, de Milei, de todo.

Dice que un amigo, un tercero que nadie conoce, es legítimo poseedor de bonos de deuda emitidos hace más de un siglo por una potencia mundial. Y ese amigo misterioso lo fue a buscar a él porque él, que es audaz y se anima a golpear puertas a las que nadie se acercaría, que tiene contactos y es refractario a toda sensatez, puede encontrar la manera de que esos papeles se transformen en billetes contantes y sonantes. La cifra es muy alta para ser real (¡trillones de dólares!), pero qué importa.

Su narrativa es atropellada y confusa. Que los bonos son auténticos. Que tienen la certificación de un juez y de un banco. Que a él, por sus buenos oficios, le tocará el 4% del monto total y que una vez que cobre se irá del país. No cuenta cómo llegaron estos papeles al amigo que nadie le conoce, qué tortuoso camino siguieron para atravesar un siglo de historia y nueve mil kilómetros de distancia hasta caer en un país en crisis y en las manos de un tipo común y silvestre. Lógico. Él no se va a detener justo ahora por un refucilo de sentido común.

Dubai, dice. El vidrioso vicepresidente de un extrañísimo banco de Dubai está haciendo su magia financiera y transformará los bonos fantásticos en la fortuna tangible que tantas veces le fue esquiva. Muestra el celular: allí, en mails y documentos en inglés, tiene las pruebas de que no se trata de la estafa global del príncipe nigeriano sino de una operación seria y transparente.

Uno podría sugerirle que, si esos bonos pudieran redimirse, la economía mundial estallaría en mil pedazos y que él, con apenas el 4%, se transformaría en el argentino más rico del planeta. Uno podría señalarle que cualquier búsqueda rápida en Google le activaría los radares de la desconfianza. Uno podría advertirle que instituciones formales e insospechadas ya han alertado varias veces sobre maniobras fraudulentas con bonos similares. Pero, en definitiva, uno lo quiere y calla. Son cuarenta años de amistad. Y en el fondo late el deseo de que esta vez se salga con la suya. Y que detrás del vicepresidente del banco de Dubai no haya un príncipe nigeriano. Y que la fortuna lo toque. Y que la matrix se rompa. Y que sus ojos de buscavidas impenitente se iluminen cuando, lejos de Massa, Milei y el balotaje, invite el champagne más caro del mundo y diga: “¿Viste que al final se me dio?”.