Muestra de la modernidad china desde la década de 1980, Shenzhen no se contenta con albergar a varios gigantes tecnológicos –Tencent, DJI, Huawei…– que se han convertido en la pesadilla de Estados Unidos. Para permitir a los habitantes -300.000 a la muerte de Mao Zedong en 1976, más de 17 millones en la actualidad- respirar y escapar durante unas horas de la fábrica del mundo, las autoridades locales han imaginado tres grandes parques de ocio colocados en fila, en el suroeste de la ciudad. El primero es un “mundo en miniatura” (la Torre Eiffel se yergue junto al Pont du Gard), el segundo una China en miniatura y el tercero un “pueblo de culturas populares”.
En esta megalópolis ultraconectada de la provincia de Guangdong, donde los coches autónomos empiezan a tener derecho a la ciudadanía y donde millones de chinos de todo el país tienen que pagar nada menos que 200 yuanes (unos 25 euros) para ver a otros chinos bailando sin camisa con plumas en la cabeza, fingiendo batir mantequilla de yak, a pesar de los 35 grados a la sombra, o montar a caballo por las antiguas Rutas de la Seda.
Bienvenidos al pueblo folclórico: un parque de atracciones donde uigures, tibetanos, mongoles, lisu, miao y otros miembros de las minorías, todos jóvenes, bellos y sonrientes, te reciben con sus trajes tradicionales y realizan coreografías inspiradas en sus costumbres o cultura. Porcelana. Si la arquitectura de los edificios parece fiel a los modelos originales, los atuendos, todos impecables, parecen recién salidos del taller de confección y los desfiles muchas veces se alejan de la realidad. Así, los Dai, que en la provincia de Yunnan se rocían con agua en el nuevo año para hacer desaparecer los malos géneros de los doce meses anteriores, están aquí todos los fines de semana al precio de hacerlo. El turismo obliga.
¿Es tan importante? Probablemente no. Además, de las cincuenta y cinco minorías étnicas reconocidas por China, solo una docena están representadas. Y el jinete mongol del espectáculo de las 15 h guarda un extraño parecido con el uigur que nos recibió dos horas antes en el pueblo de Xinjiang, así como con el percusionista desnudo que tocará el tambor al final de la tarde. “Somos de una minoría, pero actuamos en varios espectáculos”, dice un empleado del parque, entre dos funciones. Solo ve ventajas. Así conoció a su esposa, de otra etnia. “De seiscientos empleados, alrededor de cien provienen de grupos étnicos minoritarios. Ahora que sus provincias de origen se están desarrollando, es cada vez más difícil retenerlos”, lamenta un administrador del parque. Además, lamenta, estos jóvenes “saber cada vez menos de sus costumbres”. A pesar de los salarios decentes (alrededor de 1.000 euros al mes, según un empleado), el parque tendría dificultades para contratar.
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